miércoles, 11 de enero de 2012

Como un martillo en la pared





Voy con ella y con alguien más, en ese tren, ella está a mi lado aunque no llego a verle la cara. Todo está en silencio.

Siempre me pierdo mirando por la ventanilla, que ahora está demasiado sucia pero llego a ver que la vía tiene agua, demasiada, parece incluso que navegamos.

Necesitamos volver por uno de los caminos, pero no sabemos cuál y nos bajamos.

Empezamos a buscar y encontramos patios techados gigantes donde parece que nadie ha pisado en siglos...
Entre tanto trasto aparecen jarrones dispensadores de bebida, curioso, creo que nos los vamos a llevar prestados, ¡ah! y de paso una silla tipo trono, que también le ha gustado, nos va a pesar bastante en el camino aunque, si ella quiere algo, algo le va a costar.

Ahora sólo necesito una sonrisa, pero ella va delante sin prestar mucha atención.

Todo es camino, seguimos durante horas. Me cuesta bastante.





¿Y ahora? La verdad no sé dónde hemos dejado esas bagatelas, ya no las tenemos... y el paisaje ahora está totalmente cambiado, esperándonos, delante de nuestras narices.

Sí, no hay muchos puentes sino infinitos, no se observa el final, parece simplemente repetitivo.

Es ahí donde nos damos cuenta de que no estamos solos, de que muchísimas personas, en su mayoría jóvenes estaban ahí entre perdidos y obligados, debajo de los puentes o cerca de ellos. En sus ojos casi se podía leer que tenían que esconderse.

Más de uno nos mira como si allí, lo único que puedes esperar es pasar un mal trago.

De repente te pierdo, os pierdo.

A medida que se acerca la noche aquello parece más siniestro.
Cada vez comprendo más, sé que Ellos no deben encontrarte.

Para evitarles o despistarles hay focos de luz muy potentes, uno a cada lado de la vía, de forma que se pude engañar a aquellos seres que parecían robarte el alma. Uno de los focos se encarga de hacerles creer que cruzaste por ahí y el otro de cegarles.

Simplemente dejé pasar el tiempo, sólo observé, no hablé con nadie.

Fue en ese momento cuando me di cuenta de que cada uno llevaba un ritmo diferente, se habían perdido, nadie quedaba cerca de sus amigos o familiares. Nadie o muy pocos. Además intentaban no reconocer el afecto por sus seres queridos, más que nada por temor a que les pasara algo.

Allí tenías la sensación de que en el momento que cometías un fallo estabas vinculando a todos contigo y deberían temer, al igual que tu, por sus vidas.
Por tanto, el hecho de ocultar el afecto, era un modo inteligente de protegerles.

A mi se me hizo realmente difícil, sobre todo cuando me di cuenta de que existían categorías de servidumbre entre los jóvenes, categorías que debían atender las necesidades de los que, entre nosotros, se sentían como Ellos.

En la zona del agua la vi, es ella, una de mis primas, sentí alegría por verla pero no debía mostrarlo. Me hice pasar por uno más de los de su grupo. Ella tuvo que hablar con un gigantón feo y llevar un tarro que tenía una tapa roja al lugar donde el tío feo gigantón le dijo.
Yo simplemente caminé a su lado hasta que ella completó su misión.
Ni una palabra más, ni una mirada menos.
Pero eran como ganas de salir corriendo y acabar con todo.

Pudimos despedirnos simplemente mirándonos a los ojos, unos ojos que intentaban decir tanto que al final no decían
nada, en ese momento cualquier gesto pudo haber hecho que no volviera a verla.

Así que de nuevo me perdí entre la gente y sigo observando todo y pensando en no sé qué.

La historia se repite una y otra vez.